Influencers en La Laguna y la necesidad de ser escuchados.

Influencers en La Laguna y la necesidad de ser escuchados.

Por Manuel Magallanes

Estas últimas semanas en SomosEncore hemos hablado sobre colectividad: esa necesidad humana, a veces tan simple y a la vez tan profunda, de sentirnos escuchados, de sentir que pertenecemos a algo más grande que nuestra propia voz. Y justamente pienso en eso cuando observo el fenómeno de los influencers en La Laguna. Más allá de los likes o las estrategias de contenido, lo que vemos es un proceso cultural que revela quiénes somos como comunidad y cómo habitamos en la esfera digital.

Las redes sociales abrieron una ventana inmensa para que cualquier persona pudiera compartir lo que piensa, lo que siente, o lo que le gusta. Pero esa ventana no solo exhibe, también nos une. Por eso los influencers, desde quienes apenas comienzan hasta quienes ya son figuras consolidadas, construyen pequeñas comunidades digitales alrededor de un lenguaje común, de una emoción compartida o de una simple coincidencia generacional. Y ahí es donde ocurre la magia: en esa necesidad de escuchar y ser escuchados, de opinar y encontrar eco en lo que decimos.

Vivimos en una era completamente mediatizada (en una modernidad líquida, como diría Zygmunt Bauman), donde las marcas buscan a quienes se atreven a hablar. Prefieren las voces que tengan un grupo detrás, una comunidad lista para validar, para seguir y para pertenecer. Pero al mismo tiempo, se presenta un ciclo profundamente humano: el influencer necesita una audiencia, y la audiencia necesita sentirse parte de algo. Y, al final, tenemos un intercambio de afectos, de opiniones y de compañía en una realidad que muchas veces se vive más en las pantallas que en persona.

En La Laguna, este fenómeno tiene sus propias particularidades. Tania, más conocida como “La Torreona”, ha logrado conectar gracias a su forma directa de decir lo que piensa, sin filtros. Ese atrevimiento, tan extraño y tan necesario, la volvió una referencia cultural local tan relevante. Está también Raquel, “Raqueta”, cuya honestidad dulce refleja a toda una generación de laguneros en sus veintes y treintas buscando entenderse a sí mismos. La Recomelona, Lacomiguía y Flippy Navárez encontraron en la comida un puente para unir a quienes buscan nuevos sabores, nuevas experiencias o simplemente un plan para el fin de semana. Incluso perfiles como Paty Hermosillo mezclan humor y maternidad para hablar de lo cotidiano, de lo que nos pasa a todos.

Cada uno, desde su estilo, ha construido un pedacito de comunidad. Y aunque para algunos su contenido pueda parecer “basura” o “irrelevante”, la verdad es que responde a necesidades reales: pasar un buen rato, sentirnos identificados, descubrir algo nuevo o simplemente acompañarnos entre risas, opiniones o recomendaciones. No todo contenido tiene que educar; a veces basta con sumarnos, aunque sea por un momento, a la conversación de alguien más.

Pero también es importante preguntarnos qué hay detrás de la necesidad de documentar todo lo que hacemos. ¿Por qué compartir lo que comemos, lo que pensamos, o lo que sentimos? ¿Nos sentimos solos? ¿Buscamos validación? ¿O simplemente queremos asegurarnos de que nuestra voz también exista en un espacio donde más voces compiten por ser escuchadas?

Todos somos influencers en alguna medida. Todos influenciamos a alguien, aunque sea a una sola persona. Y también somos influenciables, porque nadie navega las redes desde la absoluta neutralidad. Lo importante es ser conscientes: disfrutar el contenido que nos hace bien, sin juzgar, pero también entender cuándo nuestra opinión deja de ser totalmente nuestra para volverse parte de una comunidad digital que piensa, siente y reacciona en conjunto.

Al final, en esta jungla de redes sociales que habitamos, talvez la pregunta más honesta sea: ¿qué quieres decir tú? ¿A quién has influenciado sin darte cuenta? Talvez ahí, en esa reflexión, encontremos una forma más sincera y más humana de habitar este ecosistema cultural que cada día redefine quiénes somos como comunidad en La Laguna.

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