Por Mich Valenzuela

¿Puede un muro contar una revolución?
En México, sí.
A partir de 1910, mientras México ardía en cambios sociales y políticos, se impregnó de cultura, de arte y un legado significativo: el muralismo mexicano, uno de los movimientos artísticos que representó las luchas sociales e históricas de nuestro país en espacios públicos. El arte salió de los museos para volverse del pueblo… y del mundo.
Arte como herramienta de transformación social
Tras el fin de la Revolución Mexicana, el nuevo Estado necesitaba reconstruir algo más que caminos y escuelas: había que reconstruir la identidad nacional: Valores revolucionarios como la justicia social, la igualdad y el orgullo indígena de nuestras raíces. Y ahí el muralismo jugó perfecto.
El arte se convirtió en una herramienta para la educación, así como para la propaganda cultural.
Comenzó a ser accesible para todos, y en un corto tiempo, los muros de Palacios de Gobierno, escuelas, y edificios públicos, se convirtieron en pantallas monumentales que todos podían leer, sin importar su nivel educativo.
El muralismo y las manos más grandes detrás de su creación
La innovación cultural del muralismo, no sólo podía considerarse como una obra de arte, pues también eran relatos visuales que contaban historias de lucha social en pintorescas escenas con adelitas, campesinos y obreros, dando rostro eterno a héroes que ahora resuenan con popularidad como el ‘Caudillo del sur’ Emiliano Zapata y el ‘Centauro del Norte’, Pancho Villa, convirtiéndolos en símbolos visuales de resistencia.
Detrás de todo este mundo que enseñaba a leer los acontecimientos que nos dieron identidad a través de una perspectiva popular, estaban mentes de alta creatividad, unas manos que bailaban solas al ritmo del pincel y una pasión innegable por el arte. Sí, los muralistas mexicanos que perfectamente relataban diversos sucesos sin necesidad de palabras.
Diego Rivera: El gran narrador de la clase trabajadora y las raíces indígenas. Representante inigualable de detallar la historia del país, abarcando desde las civilizaciones prehispánicas hasta la lucha revolucionaria. La gente, es su protagonista principal, como el caso de “Epopeya del pueblo mexicano”, donde se observa una narrativa desde la conquista hasta la revolución, retrata la forma en que los campesinos se levantaron en contra de la opresión.

José Clemente Orozco: Un artista crítico, dramático, explosivo y profundamente humano a la hora de narrar la violencia y contradicciones de la lucha en 1910 en obras como las de Hospicio, cabañas o el Colegio de San Ildefonso, en Guadalajara y Ciudad de México respectivamente.
David Alfaro Siqueiros: El más experimental. Integró la tecnología y dinamismo en sus murales. Siempre comprometido con el arte estéticamente vanguardista, sin dejar de lado lo radical de su pensamiento. Cada pieza establecida en su imaginación fue esencial para formar un rompecabezas convertido en legado hasta el día de hoy.

El muralismo nos recuerda que las paredes también hablan, y que el arte puede ser tan poderoso como una revolución, y al establecer al pueblo como el personaje principal y al arte como el medio de educación, los muralistas redefinieron el papel de los artistas dentro de la sociedad, describiendo una historia identitaria de lo que el mexicano es actualmente con sólo dejarse guíar con sus pinceles, recordándonos que el arte puede despertar conciencias y construir memoria colectiva.
La legacia detrás de este movimiento, así como las caras más representativas sigue viva, resonando las voces de quienes lucharon por la justicia del país.
¿Cuántas historias quedan aún por pintarse?
Te invito a redescubrir los murales que llenan nuestras ciudades: observa, cuestiona, comparte.
Porque cuando el arte está al alcance del pueblo, una sociedad se transforma desde sus muros.

